¿VALE LA PENA LUCHAR?
Crónica
En memoria al Médico Orlando Hoyos Méndez
Se escucharon tres ráfagas de fusil, estos indicaban que la sombra de la muerte había llegado; lo recuerdo muy bien, eran las 7:00 de la mañana, tomé mi suéter y me dirigí a la puerta, desde ella se lograba sentir la ausencia del líder caído, la gente alterada comenzó a merodear el lugar, estos se miraban unos a otros en silencio, entré de nuevo, y noté que habían transcurrido 10 minutos desde aquel hecho, que solo al llegar la noche lograría entender.
Me sentí intrigada, con un presentimiento negativo en el corazón, de repente siendo las 7:30 am el teléfono timbró, su sonar me asustó un poco, mi mente se encontraba distraída, en otro lugar, sin embargo, decidí responder, escuchando así una voz alterada y llena de tristeza que decía: “¡lo mataron, lo mataron, es él, es él.!” Mi cuerpo poco a poco perdió su calor corporal, desde la punta de mis pies hasta la última parte de mi cabeza, incluyendo mi cabello color canela, solté el teléfono, tomé las llaves del coche y salí sin rumbo alguno.
Mientras recorría la carretera, el reloj de mano indicó las 8:00 am, su “Tic toc tic toc” me colocaba nerviosa, fue en ese instante que analicé y caí en cuenta de la realidad, pues al observar mi alrededor miré la tierra opaca, sin vida, manchada por la corrupción de la política, la cual, sin duda alguna era la culpable de su muerte.
De repente recordé aquellas palabras que él decía: “Un hombre debe hacer historia, pero debe escribirla con el servicio a su pueblo, hasta cuando los demás lo permitan”. Al ser las 8:15 am reaccioné de nuevo, entonces apreté mis manos suaves y pequeñas sobre el direccional, fue ahí cuando mi mente trajo consigo algunas imágenes de cómo eran mis campesinos antes, pues tengo muy presente de lo firmes que eran al tomar decisiones, era imposible envolverlos con par de palabras, pero ahora aquellos hombres de cuello blanco a quienes podemos llamar “la oligarquía” los manejaban como títeres, estos habían logrado apoderarse después de tanto tiempo de cada hectárea de mi pueblo, de mi hogar, quien era azotado por la inequidad, y ahora por la pobreza de tierras, ¡Sí! La codicia inundaba cada rincón, y él, que solo buscaba el despertar de los agricultores, había encontrado una muerte violenta y aterrorizante, lo que causó miedo, dolor, lágrimas y desespero en cada habitante, pero la verdad era, que nadie a excepción de él había analizado cada uno de estos factores.
De nuevo sonó el teléfono, era ella, mi madre, quien solo dijo: “Suave por favor, no te queremos perder a ti también” solo respondí con un “Gracias”.
Siendo las 9:15 am me detuvo un retén de unos hombres uniformados, quienes en su lado izquierdo del pecho tenían un pequeño escudo que decía: “Ejército Nacional”. Mientras se acercaban a mí pensé: ¿Qué hay más adelante? Pues veo que los campesinos se marchan con sus niños llorando y sus pocas cosas al hombro, ¿Qué les espera en medio de esta crisis económica? ¿A caso esos hombres no son los encargados de su protección? Entonces, ¿Por qué permiten que sean desterrados de sus tierras? Interrogantes que solo él comprendía.
De un momento a otro, uno de ellos me pidió bajar el vidrio del coche, yo de manera lenta y sigilosa bajé aquel cristal, en el cual se observaba mi reflejo lleno de lágrimas sobre mis mejillas, pequeñas gotas de las cuales no me había percatado, me preguntó cuál era mi ruta, y sin dudarlo le dije: “Solo lo busco a él”. Aquel personaje perteneciente a las fuerzas armadas agachó la mirada y dijo: “Siga”. Eran las 9:05 am lo recuerdo, así que acelere lentamente, ya no tenía fuerzas para continuar, a pesar de eso, noté el rostro de una niña, se encontraba sucio, triste, sin sentido alguno; instantáneamente dejé de mirarla y observe a lo lejos una multitud, esta rodeaba algo, aumente la velocidad, sintiendo adrenalina, rabia y desolación por mis venas, pero antes de llegar mi mente creyó ver su rostro en el parabrisas del carro, luego sentado a mi derecha, y fue ahí, en ese momento donde frené fuerte, pues había encontrado mi destino.
Abrí la puerta con miedo, y de nuevo ese frío invadió mi cuerpo, la multitud me abrió paso, y en cada pisada que daba sentía más fuerte el aire de muerto, cada persona agachaba su rostro y llorando me cogían el hombro y decía: “Lo siento, se fuerte”. Me sentí agotada, el cielo se llenó de nubes grises, quienes desaparecieron el cantar de las aves, bastó con dar dos pasos más para encontrarlo, ¡Sí, era él!, tirado en el suelo, rodeado de un mar de sangre, tenía su camisa a cuadros, gris y vino tinto, fajado como de costumbre, me quedé inmóvil y al ver su cuerpo de pies a cabeza creí ver de nuevo el abandono de mi pueblo, porque, así como la sangre de él se iba perdiendo y secando, así iba desapareciendo mi hogar.
Siendo las 9:35 am me coloqué de rodillas frente a él, lo abracé y sostuve entre mis piernas, como una madre abraza a su hijo, con tanto desespero para verlo caminar, solo una vez más, en ese instante perdí la razón y comencé a gritar acusando a este gobierno y a las fuerzas revolucionarias que han olvidado sus ideales; deseaba que él despertara y les contara a todos la realidad de nuestro Municipio, pero no, él muy tranquilamente se quedó en un sueño eterno.
Me levanté y lo volví a mirar, recordando ahora su voz, una voz que habían apagado por miedo a la verdad.
Fue ahí cuando llegaron varios hombres de traje rojo, estos poseían bordes negros y amarillos, lo miraron y comenzaron a tocarlo como si fuese un muñeco, entonces les grité fuertemente: “Déjenlo, que él solo duerme por culpa de ustedes, de la política, de la verdad, de su sed por hacer justicia, de la lucha por una equidad y protección a lo poco que aquí nos queda”, ellos al notar mi reacción decidieron realizar de forma rápida aquello que llaman levantamiento.
Eran las 9:50 am cuando alzaron su cuerpo, fue como observar a un niño levantar una pluma, y pensé “Así como lo alzan a él, deberían levantar la crisis del país, o levantarse ellos, abrir los ojos y corregir la crisis que nos agobia, pero no, solo lo alzaron a él”. Lo subieron al coche envuelto en una sábana blanca, y de nuevo lo encendí, con la diferencia que en esta ocasión ya conocía mi destino.
Deseaba llegar pronto, pues necesitaba entender con claridad aquello que sucedía; de camino a casa sentí la carretera diferente, creo que era a causa del silencio que en esta se encontraba, se hicieron las 11:50 am cuando llegamos con su cuerpo sin vida a un lugar frío, lo colocaron en una camilla, unos lo llamaron morgue, pero por el contrario yo lo llamé “Lugar de los desaparecidos”.
Los médicos me sacaron de ese lugar, me alejaron nuevamente de él, ¿Qué derecho tenían ellos? Él también era médico, alcalde, amigo, padre, hijo, hermano y jamás me pidió que me marchara; al salir miré a personas amontonadas a mí alrededor, unas consolando a mi madre, a mi padre y a toda mi familia, yo aparentando ser fuerte abracé a mi padre, y él derramó sus lágrimas, unas lágrimas similares a las gotas de la lluvia cuando cae, fuertes, llenas de amargura y soledad; las campanas de la iglesia comenzaron a sonar indicando su muerte y a la vez la misa de 7:00 pm, al sonar el viento empezó a rozar mi piel indicando que ya era hora.
De forma instantánea y como sorpresa para todos se abrieron las puertas de aquel lugar, era el momento de que él saliera de allí, al subirlo de nuevo al coche lo sentí a mi lado, sentí su calor, a pesar de estar dentro de una caja sentía su calor, escuchaba su risa, encontraba su mirada en todo lado, ¡era él! ¡Dios mío, claro que era él! Se había ido.
Su cuerpo llegó a casa cuando las manecillas del reloj indicaban las 7:45 pm, entonces volví a colocarme en la puerta, y fue justo en ese instante donde comencé a entender esta absurda realidad, así es, era el campesino, las tierras, el agua y la pobreza el centro de lo sucedido, ellos se convirtieron en víctimas de esta sociedad que gira en beneficio propio, desplazando al agricultor, destruyendo los mejores paisajes que mis ojos han observado; pero era demasiado tarde, la ley del silencio me obligaba a olvidar todo en el preciso momento en que el sol decidiera salir de nuevo, aunque tenía prohibido olvidar su adiós involuntario.
Sin embargo la parte más difícil era el hecho de asimilar que era él, mi tío al hombre que habían callado, era él, mi ejemplo, mi fuerza, quien se encontraba en una caja de madera con tantas balas como pudieron en su pecho, porque escuché solo tres, pero su cuerpo tenía más que eso, tenía una historia, un mundo, una protesta, un ideal por el cual deseaba luchar, y hoy aunque el tiempo ha transcurrido, su legado perdura en el corazón de aquellos que a pesar de su muerte aun luchan por buscar justicia en este país tan hermoso, pero vuelto mierda por cada mandatario, en este lugar que se desangra cada día por el callar de cada colombiano, pero peor aún, se ensucia con el asesinato de quienes alzan su voz y los grandes oligarcas los devuelven a casa dentro de una caja de madera, o lo más duro, jamás aparecen.
Ahora bien, solo me quedaba preguntar ¿Vale la pena luchar?
Autor: Ingrid Juanita Hoyos Gómez

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