CUENTO DE NAVIDAD
El árbol es hermoso, sus ramas son blancas, nada
convencional, esferas de color violeta, plata y azul cuelgan en las puntas, una
cinta larga y purpura con escarcha gira alrededor, hay bastones de caramelo blancos
con franjas azules, está lleno de regalos por debajo, luces blancas iluminan
todo y una estrella de plata en la punta es el complemento perfecto.
Me llama la atención el pesebre de a lado, es pequeño, pero
con detalles minuciosos, los rostros de las figuras están muy bien hechas,
hasta reflejan humanidad, los animales van en escala perfecta al igual que las
pequeñas casas, todo es demasiado coherente, el ángel sobre el nacimiento tiene
la ropa hecha a mano en tela blanca, pero sin duda lo más bello es el pequeño
niño que yace entre la paja artificial, no sé cómo, pero me genera paz, hasta
innecesario arrepentimiento, sus ojos minúsculos proyectan bondad y pureza.
No se compara a mis recuerdos de navidad, nuestro árbol era
pequeño y viejo, con esferas disonantes entre sí, luces de colores con focos
fundidos y brillando en patrones sin sentido.
Un nacimiento enorme hecho con cajas y papel, figuras en
plástico barato, animales que no se podían sostener en pie y un atemporal
dinosaurio cerca de las casas más pequeñas que las ovejas.
Un niño Jesús desproporcionalmente más grande que María y José
juntos, y reyes magos que tenían caras perturbadoras, como si gran cantidad de drogas
hubiera hecho estragos.
Cada memoria me llena de una alegría que creía inexistente y
viene a mí una sutil sonrisa, la misma que no siento hace años, hasta logra apaciguar
en algo mi odio.
Éramos pobres pero felices, no cambiaría nada de eso por la
elegancia de esta sala llena de capitalista espíritu navideño.
Aquel árbol estropeado nos acompañó hasta el maldito 24 de
diciembre de 1994, era la navidad más feliz hasta entonces, yo aún era un niño,
me encantaba leer y ver dos libros bajo
el estropeado árbol me tenía en pleno éxtasis, sabía que eran baratos, y no
conocía los títulos, pero no quería nada más, también estaba una caja en
terciopelo azul que guardaba un hermoso collar que mi padre regalaría a mi
madre, le costó muchas horas extras llegando tarde a casa, al igual que lo más
bello entre todo, el triciclo de mi hermana, rosa y violeta, con listones en el
manubrio, lleno de calcomanías, y con una pequeña canasta en la parte
delantera. Su amor a nosotros era infinito.
Todas las casas estaban muy iluminadas, menos una, nos daba
terror, estaba en obra negra, toda la estructura inconclusa, tenía cortinas
oscuras, por donde se asomaba la luz de un bombillo amarillo, las chismosas
señoras del barrio rumoreaban de todo, una familia de inmigrantes, pandillas,
drogadictos, una pareja de ancianos locos, en fin.
Lo usaban para asustarnos, y así dejáramos de jugar en la
calle, nunca supimos quien vivía ahí, se contaba que grandes bolsas negras entraban
y salían en la noche.
No le prestábamos atención.
Hasta la media noche de navidad, lo veo cada día, justo
ahora lo estoy viendo, tres sujetos vestidos con gabardina y máscaras de cuero
negro que simulaban animales de corral, salieron de ahí, tenían cadenas donde
colgaban dijes de cruces invertidas, uno de ellos tenía un machete en la mano, el
otro un libro en cuero color ocre.
Se acercaron dónde estábamos celebrando, todos nos quedamos
en silencio, la música festiva era una cacofonía para ese momento, se quedaron
delante de nosotros, se veían sus ojos, los tres en color verde, en diferentes
tonos, a uno de ellos se le asomaba un gran tatuaje en el cuello, era una
serpiente mordiendo una manzana, mi padre llego a pensar que era una broma, e
incluso los invito a seguir amablemente.
Sin pensarlo el sujeto del tatuaje tomo un arma y empezó a
disparar, toda mi familia murió, mis tías cayeron al piso en charcos de sangre
y con la bandeja de galletas en las manos, mi padre fue acribillado, no pude
ver a mi madre, los vecinos salieron corriendo, yo estaba cerca al árbol, lo
tire y logre escapar a la parte de atrás, no sin antes ver como se llevaban a
mi hermana en un viejo saco de lona negro.
La policía reportó que habían escapado también me dijeron
que encontraron a mi hermana dentro del saco colgando de una viga en esa casa, sin
vida, llena de cortes y golpes propinados aun estando dentro y faltaban sus
órganos internos. Yo entre al predio,
cubierto por una manta, habían velas negras casi consumidas en el piso un
pentagrama enorme dibujado en el suelo, con runas que desconocía, un cuadro del
sagrado corazón de Jesús al revés, una virgen María decapitada, en una esquina
una cantidad absurda de zapatos a medio quemar, ropa de niños en un alambre
colgado, el olor a cigarrillo, putrefacción, mierda y marihuana era
insoportable, las paredes llenas de humedad, las ratas pasaron cerca de mí, atrás
un galpón lleno de gallinas flacas en jaulas, dos cabras atadas de un tronco,
la policía encontró una caja fuerte que estaba siendo confiscada, llena de
millones y millones. Todo parecía un cliché tomado de películas de sectas.
Yo llegué a un hogar de paso, no volví a sonreír hasta hoy,
me asignaron terapeutas, pero ninguno logro quitarme esto de la cabeza, lo
miraba aun estando con ellos, no había perdón, no había reconciliación, ya no
quedaba amor, ni alegría, dios no existía, satanás y su ejército tampoco, las
dos grandes mentiras que confluyeron ese día, y acabaron todo para mí, solo hay crueldad en la naturaleza humana,
eso es todo.
Busqué la muerte, pero esta no venía por mí, entonces
entendí que debía vivir por algo, pero no por redención, y absolución. La rabia
y el odio fueron mi voluntad, la destrucción es la premisa, la melancolía es mi
motor, la ira seria mi consigna, solo hay
crueldad en mi naturaleza humana, eso es todo.
A medida que crecía, lo hacía también mi hambre de muerte. Encontraría
y acabaría con esos tres hijos de puta.
Ninguna familia me adopto, me miraban y evitaban, viví solo,
no hice amigos, los demás huérfanos me
tenían miedo, los del hogar de paso solo hacia su trabajo, pero no llego afecto
de ninguna manera, y no fue necesario, no tuve problemas con nadie; estaba en
el patio ejercitándome, o solo me
quedaba en la biblioteca leyendo todo el día, buscaba relatos donde la muerte
era el argumento principal, reportes federales de cómo se habían cometido los más
grandes crímenes, manuales de armas y entrenamiento militar.
Salí a los 18, no tenía hogar, pero sabía a donde ir y que
hacer, cambié mi nombre, empecé a trabajar en el mercado, necesitaba el dinero
y gente con información, era el mejor lugar.
Me hice de conocidos que se relacionaban con toda clase de
grupos, carteles, pandillas etc.
Con ellos conseguí armas e información, de manera sencilla,
no requerían explicaciones, y no quería dárselas, llego a mis oídos el rumor
que todos me tenían miedo, emanaba oscuridad, e inclusive se persignaban al
pasar a mi lado. No decían nada, de nuevo no tuve problemas con nadie.
Los malditos de esa noche, pertenecían a una secta que
operaba en la ciudad, adoraban todo lo oscuro, Belcebú era su señor, pero no
eran imbéciles, buscaban lucro, vendían los órganos que sacaban de sus
víctimas, en el mercado negro, y la Deep web, se sabía de aproximadamente 450 enfermos, no
tenían líder, operaban por grupos pequeños donde uno de ellos se hacía
responsable de los demás, eran “tocados
por el grande”, creo que solo eran
los más astutos de ese grupo de imbéciles, aportaban porcentajes a un fondo
general, que iba a drogas, alcohol, armas, compradas por grandes lotes, estaban
bien organizados.
Los tres eran su “propio grupo”, dos de ellos seguían
operando en secciones diferentes, el tercero se retiró, dicen que encontró “el
camino del altísimo” y ahora es un ciudadano ejemplar con una bella familia,
una esposa y un hijo pequeño.
Una vez con todo organizado, empezaría a destruirlos,
hacerlos pagar, sería ineluctable, que conocerán el dolor más grande que puedan
sentir, que hagan que se retuerzan y dejen de creer en todo, que supliquen a la
muerte, pero yo se las negare, hasta que mi odio llene su apetito insaciable.
Tomé mis cosas, cargué un revólver y los nueve milímetros,
en la mochila puse las herramientas, me coloqué una máscara desfigurada hecha
de costales, no para ocultar mi rostro sino para infundir terror en su pecho, quería
que sientan lo que yo sentí, no, aun peor, como si algo incorpóreo tomara su
espíritu inservible.
Dar con los dos primeros no fue difícil, uno estaba en la
parte sur de la ciudad, en una casa apunto de caer, lo encontré drogado, en el
piso, estaba cuidando dos maletines, estaban llenos de billetes de alta
denominación, lo noquee de un golpe, lo ate sobre unas rejas en un baldío
cercano, se despertó sobrio, me miro a la cara, la máscara lo dejo estupefacto,
empezó a llorar, y a suplicar clemencia a dios, era un hijo de perra muy
hipócrita, dos disparos en las rodillas empezaron todo, permanecí impertérrito,
quería que recordara a cada víctima, me decía sollozando que no podía hacerlo,
lo que implicaba una perforación con la pistola de clavos en diversa partes,
quería que lo haga hasta que llegue a mi familia, así lo hizo, me quite la
máscara, y con el cuchillo la cuenta fueron 56 puñaladas, en todo el cuerpo
hasta que mi brazo se hubiera cansado, tome un respiro para seguir hasta que el
sol empezara a asomarse.
Lo encontraron una semana después por el hedor, todo lo que
quedó era irreconocible, pero no importó, era obvio que nadie lo echaba de
menos. Deje fotos en una memoria en su bolsillo, para que dieran con la casa y
los capturaran, no sin antes pasar a tomar fotos de sus papeles de “negocios”.
El segundo estaba viajando con dos malparidos más, iban
llegando a la ciudad, por una carretera alterna sin pavimentar, recogían un
cargamento de armas, sabía que eran lo suficientemente idiotas para dejar todo
en la parte posterior de la camioneta e ir desarmados, venían fumando, los paré
con varios disparos en medio de la carretera en el tramo más solitario, se
bajaron corriendo, creerían que yo iba por las armas, nada más lejos de la
realidad, a dos les dispare en la espalda hasta que cayeron, al otro le permití
correr hasta el monte, sabia que era el, tenía esos malditos ojos verdes.
Me inmiscuí en la montaña, sabía por dónde iba, no solo por
su hedor a marihuana, sino por el ruido que hacía en una noche tan silenciosa.
Hasta me parecía escuchar su respiración, yo estaba en forma,
no tarde nada en dar con él, empecé a jugar con su mente, hacia ruidos, silbaba,
dispare cerca de él, vi que sacó una navaja, y gritaba que el Asmodeus lo
protegía, se hizo junto a un árbol, llegue en silencio por atrás lo ate con una
cadena, hasta que quedara inconsciente.
Lo colgué de cabeza en el mismo árbol, cuando despertó, se
cago encima del susto al ver la máscara, ahora si hijo de puta, dime a quien le
has hecho daño, respondía tartamudeando, y al no recordar más, un dedo caía al
suelo por el corta alambre.
Llego a 1994, me quite la máscara, él se rio, “ahora sé quién
eres”, me dijo.
“No sabes el gusto que me da oír eso”.
Tomé un bate y me divertí con su cabeza colgada hasta que ya
no había que golpear.
Espere 24 días, tenía que ser noche buena, yo llegaría en
lugar de santa Claus, a ver un hermoso árbol blanco lleno de adornos, y muchos
regalos abajo, a lado de un lindo pesebre, en una bella casa.
Me quede recordando hasta media noche, la habitación del
niño tenía todo lo que un pequeño podía querer, había un triciclo similar al de
mi pequeña hermana, lo observe hasta que los juegos artificiales taparon el
disparo con silenciador, la almohada ya no era blanca, las sabanas se tiñeron
de rojo frente a mí, no pude contener mi sonrisa.
Tome mi navaja, 24/ 12/ 1994 en el pequeño pecho.
Cargué al bastardito, casi con el cuidado suficiente para
que no despertara, si pudiera hacerlo, lo puse bajo el árbol y un lindo moño en
su cabeza, en papel regalo envolví la última memoria con lo aquí mencionado, el
video de un enmascarado anónimo, más el resto de la información, los datos de
los órganos vendidos por el hijo de puta dormido en el segundo piso, junto a la
mujer que reirá el día de inocentes.
Llame a la policía mientras caminaba por las calles diciendo
feliz navidad a los vecinos, escucho como se acercan las sirenas, mientras yo
tomo aguardiente servido por personas desconocidas, se me extiende un
cigarrillo que acepto con gusto, por fin sonrío, por fin soy feliz, por fin tendré una feliz navidad.
Cristhian Julián Martínez C.

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