ελπίδα

 



La fe puede mover montañas, pero no al hombre.

El alpinista es fuerte subiendo a través de lugares inhóspitos, sus manos se funden con la piedra caliza y sus pies parecen estar aún en la base del volcán.

Seres negros de largos brazos halan los tobillos, quieren ver a las estalagmitas a través de nuestro cuerpo y que las almas permanezcan dentro de la cueva hasta que el universo colapse, porque así debe ser.

Pero también tenemos manos benditas que nos tienden lazos con la verdad de nuestras experiencias.

El oxígeno no quiere entrar, mis pulmones parecen ser estrechos, no hay espacio tampoco para un suspiro de alivio, hace mucho no me visita la paz.

No siento mi cuerpo, el frio es infernal, si las llamas brotaran de icebergs en mares de lava, donde el barquero cobra los dracmas necesarios para un paso al tártaro.

Mi vista está en blanco, mi tacto es blanco, mi olfato es blanco, mi mente es blanco, nos invaden todos los aspectos del exterior y no podemos viajar en el cosmos de nuestra mente, porque afuera todo es blanco.

No hay cordura, se perdió en el primer tramo de acenso, de haberla mantenido no hubiera podido seguir, porque pesa mucho en mi espalda.

Veo la cima, las banderas de todos aquellos que llegaron en nombre de los que murieron en el camino, tomo mi bandera, en el brazo que no tiene disparos, propinados desde hace más de veinte años, cuando inició mi travesía, y que aún sangran, porque cada día recibo más, me esperan los rifles detrás de cada roca y árbol en la montaña, en forma de palabras cargadas de plomo y veneno en las puntas de flecha. 

Veo la cima, la veo hace años, camino hace años, con la esperanza de poner mi bandera por aquellos que están dispuestos a morir en mi camino. 

Cristhian Martínez.

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