Sueño en altamar

 



El mar estaba revuelto la barcaza estaba a punto de partirse en dos, solo quería un escape de la vida, pero no creí que huiría de la vida misma.

Elevé una plegaria al cielo después de años que no tenía a dios en mi mente, de hecho, aun no esta no sé a quién elevo la oración, si un monstruo marino la oyera y me salvara de este destino encaminándome en uno igual de terrible pero más rápido, me daría por devoto inmediato.

 

Escucho el astillar del casco, escucho el viento en frecuencias de inframundo, creo ver al barquero acercándose por estribor, los recuerdos son amargos, años de colecciones macabras e ideas oscuras que se tornaron rosas en esporádicos capítulos de una novela que hoy cierra sus páginas.

Algo más llega a mis oídos, nada turbio, nada melancólico, nada catastrófico, todo lo contrario, es una melodía dulce, notas perfectas, que amilanan el fin del mundo, de repente el mar se calma, el sol asoma en medio de cumulo nimbos que pasan de gris a purpura y naranja.

 

El bote ya no sirve, pero me permite llegar a una bahía de roca donde podrían caber 3 personas abrazadas, la idea de terminar ahí solo y sin destino diferente al que ya tenía no hacía eco porque la melodía resonaba cada vez más fuerte y preciosa.

Como si de un premonitorio don se tratara, mis ojos que aun ardían por el yodo de las gotas que ahora formaban un arcoíris observaban una serpiente marina enorme de color turquesa, sus escamas eran tornasol al pasar en medio del arco de 6 colores, el canto de ahí provenía, pero no era posible que aquella criatura entonara algo tan suave con su boca de tres hileras de dientes.

Es entonces cuando se vuelve a sumergir, después de un chapuzón que recordaba lo antes vivido la superficie estaba intacta casi como si estuviera en medio de un espejo.

 

Me asomo por la apertura en medio de dos rocas, grande fue mi sorpresa cuando una ola gigante me empapo, el sol había secado mi ropa en un instante y la sensación de esta sumergido me provoco escalofríos.

Lo primero son dos ojos enormes de color amarillo, y en medio de estos una mujer, no, una diosa, así se relataban en las odiseas griegas, de tez clara, ojos enormes y profundos, cejas majestuosas, una boca que impulsaba a besarla y dormir para siempre en el acto, su figura emulaba un reloj de arena de cristal tallado a mano, una corona de flores que nunca había visto en mi vida, un vestido ocre que provocaba envidia al sol.

Era ella, era su voz, una hipnosis maravillosa, una jaula que se estaba abriendo y yo era un jilguero que surcaba el báltico en busca de una golondrina rosa.

 

 Me extendió su mano, y a pesar de salir literalmente del fondo del mar, su tacto estaba seco, suave y cálido.

Pongo mi pie en la nariz de la criatura, esta empieza a descender y se asemeja el cuadro al salvador replicando sobre la poca fe de un hombre.

Quedo frente a la mujer, mis ojos a centímetros de los suyos, que se reducen cuando mis labios se funden a los suyos, hasta que el agua cubre nuestras cabezas por completo, y el beso se extiende hasta el que mis pies toquen el fondo del mar.


Cristhian Martinez


                                                                        A

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