Mateo 8, 28 - 34.

 

 


Nomás daban las cinco de la mañana y ya estaba la cabeza colgada en la entrada para recibir a los clientes. La dejaban escurriendo gotitas de sangre, poquiticas; no fuera a espantar al que la viera. Otras veces, más bien, le zampaban un hachazo y la clavaban sobre el tronco de cortar los huesos. Allí se quedaba fija, sin una oreja o sin las dos, sin la nariz porque se la llevaba don Humberto a las siete, con medio ojo asomado tras el párpado y la lengua derramada. La pobre no podía hablar con nadie, no podía mirar a nadie, no podía oír, no podía sentir, no podía chillar: estaba muerta. Pero Guillermo no, él decía que la cabeza hablaba, que miraba, que oía, que sentía, que chillaba sin falta a las nueve y que no podía hacer su trabajo por culpa de ella.

El puesto era sencillo. “Carnes La Delicia”, decía el letrerito blanco. Blanco y pálido no por limpio, sino porque el sol le daba directo todo el día. Allá llegó Guillermo a trabajar con su papá cuando cumplió los siete. Era timidísimo. Le aterrorizaba escuchar los latidos de su propio corazón, las lagartijas negras y el sonido del machete con el que sacrificaban a los animales en casa. Por eso, su participación únicamente consistía en recibir y reembolsar el dinero.

Cada mediodía, mientras hacía el balance, el pedazo de cerdo lo interrumpía y mezclaba los billetes esparcidos en la barra. Comenzaba por mover la lengua tiesa con el carácter de un péndulo rosa, de izquierda a derecha. Luego desarrugaba la jeta y hacía gestos parlanchines con la punta del hocico. Los ojos se abrían y giraban, giraban, giraban hasta estallar y ocultarse de nuevo bajo la piel rota. Guillermo se fijaba en cada oscilación, meneaba los deditos y se rascaba la panza, confundido y sudoroso. Cuando señaló el problema en voz alta, la clientela se persignó, oró y obligó al pobre cura, que andaba ya sordo y en silla de ruedas, a bendecir la miserable carnicería del letrerito blanco. Blanco y pálido no porque el sol le diera directo todo el día, sino porque Dios nunca iba por allá. El señor cura leyó entre balbuceos al señor Mateo, el número 8, del 28 al 34.

“Y los demonios salieron de los hombres y entraron en los cerdos. “

Cosa rara. Guillermo jamás percibió un aire diabólico en el semblante de los cerdos fallecidos. Ni siquiera un atisbo de reproche o reniego. Por el contrario, notaba una honda aflicción. Don Andrés, en cambio, convencido de realizar el trabajo idóneo como siervo del Todopoderoso, inflaba el pecho de orgullo y se acicalaba el bigote. Al finalizar la ceremonia ambos se detuvieron frente al Altísimo y realizaron un juramento mental. El adulto prometió adiestrar a su hijo en el arte matarife; el niño, prometió que nunca clavaría un cuchillo en el pescuezo de una vida.

Cobrar y devolver plata era suficiente tarea para una criatura de siete, no para un muchachito de once. Así pues, años más tarde se sumó una nueva actividad: despachar el producto. Despachar el producto en “Carnes La Delicia” significaba acomodar la carne, pesar la carne, empacar la carne, vender la carne, asear el frigorífico, guardar el sobrante y adiós. Años aún más tarde, despachar el producto tampoco fue suficiente; el joven de trece debía ahora fabricarlo. Fabricar la carne en “Carnes La Delicia” significaba acuchillar sin miedo, desangrar sin miedo, desollar feliz, sacar el tripero, separar lo que sí de lo que no, realizar los cortes, enjuagar lo que quede y adiós-nos-vemos. A esto se le agrega un detalle importante: la masculinidad en casa del señor Andrés Amaya se medía precisamente por el historial de los cuchillos. ¿Que usted mató cincuenta reses? Ah, fácil; se trata de un machote, uno auténtico. ¿Que usted mató veinte pollos? Bueno, se trata de un machito, uno prometedor. ¿Qué usted no ha matado nada? Entonces hablamos de una nena. A sus trece años, Guillermo Julián Amaya Varona no era solo una nena, era una marica miedosa. La madrugada en que su padre lo llevó al patio y le puso una gallina blanca con el machete delante se agarró a llorar. “¡Matala, hijupeputa! ¡Matala rápido!”, le gritaba don Andrés, impaciente. Pero el chico nunca fue capaz de rajarle la garganta a una, ni de aturdirla ni de colgarla. Andrés Amaya Rodríguez, que acalló su sentir toda la vida, se dirigió implacable hacia Guillermo con una sola frase: “Si no podés matar, andate de aquí. Andate, mejor.”

Y Guillermo Julián partió de casa siendo un timorato afeminado, con un historial de cuchillos vacío, una maleta con treinta y dos prendas y una promesa hecha a la cabeza de un cerdo.

Autor: Iván Tao

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