Abrazo en la tormenta

 


 


La lluvia que caía de tales nubes grises lograban enloquecer mis oídos, golpe tras golpe de las gotas que hacían rechinar en el techo de zinc daba a entender que la tormenta se precipitaba a tal punto que parecía que un vendaval se aproximaba, me levante retirando las finas sábanas de seda las cuáles envolvían mi cama para abrir las cortinas de la gran ventana que me separaba del exterior.

Empapada aquella ventana está por las frías gotas que evitaban que mi reflejo se observara, ya es la quinta vez en la semana que el cielo se ha de caer con tanta fuerza, por lo que me empezaba a cuestionar ¿Quién era y a que vine al mundo?

 

—. Cariño, ten cuidado con la ventana, el viento es tan potente que la puede romper.

 

Aquella voz femenina se hizo presente en mis oídos, voltee, mire a aquella mujer envuelta en sacos de lana que le brindaban calor.

 

—. No te preocupes madre, nada de eso ha de pasar, simplemente es una tormenta más de invierno, hay peores en mi alma…  

 

—. Sabes bien que no me gusta que te expreses de esa forma, sabes bien que siempre estaré para ti cuándo lo necesites.

 

—. Así dicen todos, pero a la hora del té, cómo se dice en el bajo mundo, nadie está cuándo les necesito.

 

—¿Quieres hablar de ello? Sabes bien que soy psico...

 

Aquél sermón de su profesión había de venir por lo que le extendí mi mano enfrente con la palma abierta haciendo señal de “para”, ella entendió y calló.

 

—Sé muy bien que eres psicóloga, pero tú profesión no me podrá ayudar en esta agonía, los días para mí son cómo esta tormenta, de tonalidades oscuras y violentas.

 

Abrí las ventanas las cuáles dejaron entrar los fuertes vientos, al igual que las gotas que golpeteaban contra el suelo.

 

—¡Hijo!

 

Fue lo último que escuché de mi madre cuándo me avente al abismo dejándome ver un fondo negro, era la baldosa de mi habitación, simplemente me había caído gracias al sueño.

 

Aquella voz femenina se hizo presente mientras el sonar de la puerta le hacía harmonía, al verme en suelo ella simplemente pudo dejar escapar una risa, siempre era así cuándo algo ha de pasar.

 

— ¿Otra vez un mal sueño?

 

— Otra vez un mal sueño madre.

 

Refunfuñé antes de levantarme del frío suelo, la lluvia caía de forma calmada y minuciosa, como si de una canción de las mejores orquestas se tratase.  

 

Los cálidos brazos de la mujer me hicieron sentir esa tranquilidad y paz que tanto deseaba, las tormentas en mi interior eran consumidas y guardadas en aquel estuche llamado corazón, que en todo momento se hace trizas, pero luego se repara.

 

—. Recuerda que nunca estas solo, yo siempre estaré aquí.

 

—. Detesto que digas esas palabras, detesto solo poder abrazarte una vez por muchos días o incluso meses, detesto no haber hecho nada a tiempo...

 

—. No lo hagas cielo, cómo te dije siempre estaré contigo, en tú mente y tú corazón, pero he allí el camino se ha abierto para mi regreso.

 

Señala aquella luminosidad que parecían escaleras que llevaban al cielo.

 

—. Nos veremos en la próxima temporada de lluvias…

 

—. Nos veremos en los próximos días grises.

 

Su voz se desvaneció al igual que su figura, nuevamente quede solitario en aquella oscura habitación, el sol empezó a aclarar, las nubes se empezaron a dispersar.

 

Esa misma mañana fui a su casa, estaba algo húmeda la grama tras la lluvia que duro un par de semanas, mi madre, la mujer que tanto extrañaba, que en su tumba triste mi corazón dejaba.

 

Leidy Romero

 

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