FIEBRE DEL ORO
Dedicado
a los pueblos en donde la minería es su principal fuente de ingresos y para
todas las familias que han perdido a un ser querido en la búsqueda de una vida
mejor, con todo el cariño y respeto.
—¿Qué desayunaron? —preguntó, con tristeza en sus ojos,
mientras sonreía a los niños.
—Aguapanela —los niños respondieron al unísono.
Carlos entró en su habitación, revisó los bolsillos de su
pantalón con la esperanza de encontrar dinero, pero regresó a la mesa sin éxito
y se bebió aquel líquido del tazón, después se dirigió al patio, allí estaba su
abuela Lidia tendiendo la ropa que recién había lavado.
—Buenos días mamita, ¿Cómo amaneció?
—Bien mijo, allí le deje aguapanela en la mesa, pero no me
alcanzó para el pan cuando compre las cosas del almuerzo —respondió la anciana
exhausta mientras terminaba de tender la ropa.
—¿De quién es toda esa ropa?
—Mijo, la vecina de la esquina la trajo para que se la
lavara, cuando se la entregue ella me paga.
—Bueno, voy a ver a José y no me demoró.
—¿Qué le pasó? —preguntó ella.
—Nada, me está averiguando un trabajo.
—Cómo así, tú estás trabajando en la tienda.
—Abuela allí pagan muy poquito —dijo él, besando la mejilla
de su abuela.
Carlos salió de su casa a encontrarse con su amigo en la
plaza del barrio, mientras caminaba los rayos de sol quemaban su piel, veía
niños jugando y corriendo, pisando la arena caliente con los pies descalzos, algunos
tenían la ropa sucia, mientras que en otros la suciedad se reflejaba en sus
rostros, al llegar a la plaza él notó a su amigo sentado en un banco y se
acercó a él.
—¿Qué más Carlos?
—Más o menos, en la tienda me pagan doscientos mensual y eso
no rinde ¿tú qué tal?
—Bien, gracias a Dios —dijo José—, el patrón no te quería en
la mina porque eres menor de edad.
—¡Ay! Hazme el cruce —contestó Carlos—, en tres meses cumplo
los dieciocho.
—No te preocupes, él necesita urgentemente un buzo y lo
convencí.
—¡De verdad! —exclamó—. Muchas gracias, ¿empiezo a trabajar
mañana?
—Si, el trabajo es peligroso —susurró José con preocupación
en el rostro.
—No importa, necesito trabajar porque mi mamá en la ciudad no
gana mucho y nos manda poquito.
—Listo, así quedamos. En la mañana te recojo para ir a la
mina.
José se despidió de su amigo, subió a su moto y se fue.
Carlos observaba a los niños jugar en la plaza, de repente su estómago gruño,
no se había notado el paso del tiempo, se dirigió a su casa pensando en que
almorzaría, mientras caminaba bajo el sol ardiente las gotas de sudor recorrían
su rostro, en la calle no veía a muchos niños jugando como en la mañana, cuando
llego a su casa los niños estaban sentados en la mesa, mientras Lidia estaba
sirviendo el almuerzo.
—¡Abuela! José me consiguió un trabajo en la mina —dijo
Carlos—, empiezo mañana y voy a trabajar de buzo.
—Yo no sé mijo, —respondió Lidia—, me parece tan peligroso
ese trabajo.
—No pasa nada, allí voy a ganar bueno y es una ayuda más para
la casa.
—Vea Carlos, eso me da miedo. Si le pasa algo ¿qué va a decir
su mamá?
—Abuela, no se preocupe por eso —contestó Carlos—, ella no va
a decir nada porque eso es una ayuda.
Lidia aún preocupada le sirvió un plato con arroz, pescado y
suero a su nieto mayor, quien se apresuró a comer, después del almuerzo Carlos
jugó con su hermana de 5 años y ayudó a su hermano de 7 con las tareas del
colegio, su abuela se sentó en el patio debajo del gran árbol de mango para
disfrutar del poco viento que había, cuando llegó la noche la familia cenó
alrededor de un par de velas y se durmieron temprano, pues esa noche se fue la
electricidad.
A la mañana siguiente Carlos se levantó muy temprano, observó
a su abuela lavando los platos sucios de la noche anterior, la anciana aún
preocupada dejó caer un tazón.
—¡Mamita, tenga cuidado! —exclamó él—, se puede cortar, ¿Qué
tiene?
—¡Ay mijo! No quiero que vayas para allá —respondió Lidia—,
aquí te calenté un poquito de arroz con suero y el aguapanela.
En la calle se escuchó el claxon de una moto, Carlos se
apresuró a comer lo preparado por su abuela, ella le dio la bendición y lo
acompañó afuera. La anciana observó a su nieto subirse en la moto de José,
mientras ellos se alejaban aún en el silencio de la madrugada, Lidia decidió
hacer las tareas del hogar, aún con ansias que llegará la tarde para ver a su
nieto.
José conducía la moto con mucha agilidad, después de dos
horas estaban en la mina.
—¡Patrón, buenos días! —gritó José—, Carlos, le presento a
don Luis.
—¡Mucho gusto! —exclamó Carlos.
—¡Igual mijo! —respondió Luis—, venga le explicó cómo es el
trabajo.
Luego de recibir la explicación por el dueño de la mina,
Carlos entró en el agua con dos mangueras, usando la primera con chorro a
presión, él fue rompiendo la tierra y con la otra iba succionando, mientras uno
de sus compañeros allá arriba, tumbaba lentamente el barranco que se formaba
encima del buzo, inesperadamente la avalancha de tierra cayó sobre Carlos y fue
sepultado.
—¡Ayuda, necesito ayuda con el nuevo! —gritó el compañero.
José se apresuró al escuchar los gritos, fue montado en una
retroexcavadora e intentó sacar a su camarada, al conseguirlo se bajó de la
máquina, miró aquel suelo hostil donde yacía el cuerpo aplastado y sin vida de
Carlos. Él tomó aquel cadáver en sus brazos, se montó en su moto y se lo llevó
a Lidia, ella al ver el cuerpo de su nieto, colocó una mano en su pecho, las
lágrimas brotaron y se desplomó en aquel ardiente suelo.
Autor: Jhobanna Pérez Cuadrado

Me encanta como escribe esta chica. Enhorabuena. Un saludo desde España.
ResponderEliminarMuchísimas gracias por leerlo. Y si es una gran escritora. :)
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