ESPEJOS NOCTURNOS

 

El inmenso lugar refugiaba miles que parecían pocos en aquella visión nocturna. Las espontáneas sonrisas juveniles y las angustias de mi edad adolescente tomaron mi pecho mientras dormía. Volví a esos años agridulces con limitada libertad que reconocí al verme vestida igual a los demás. Me senté esperando instrucciones y extrañamente te acercaste con ellas: tus amores del presente. Tu camiseta desentonaba en medio de los miles de rostros casi infantiles que se encontraban en el enorme patio. Me miraste como nunca lo habías hecho. Tu actual rostro agobiado por el peso de la adultez, tomabas la mano de tus hijas e ignorabas las rojas gotas discurriendo de tu sien y tus mejillas. Vi las cortaduras y sentí tu dolor al reconocer tu mirada de ira hacia mí. No movías tu cabeza, como si así me gritaras que te dolió mi adiós. Quería ayudarte, pero la evidente molestia proyectada desde tus pupilas me mantenía distante, temerosa e inamovible en mi asiento. Tú tampoco querías moverte, dabas cortos pasos, hasta que finalmente diste la vuelta y caminaste, aún con las heridas abiertas que nadie pudo limpiar por falta de recursos. Al amanecer supe que no estábamos inmóviles, sino que ambos decidimos respetar nuestro proceso por caminos distintos. Solo espero que sanes, sin mi presencia, sin mis infantiles primeros auxilios. Los espejos nocturnos nos reflejaron nuestras heridas, sanando desde la distancia.

Yury J. Sandoval Rosas

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